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Embajada estadounidense en Jerusalén: la arriesgada apuesta de Donald Trump

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Israelíes escuchan una alocusión televisada de Donald Trump, en un café de Ashkelón (Israël), el 8 de mayo de 2018. REUTERS/Amir Cohen

Este lunes Estados Unidos inaugura su embajada en Jerusalén: la concretización del reconocimiento oficial norteamericano de la Ciudad Santa como capital de Israel. Esta decisión, anunciada por Donald Trump, el pasado 6 de diciembre, suscita reprobación de gran parte de la comunidad internacional y puede alimentar la ya tensa situación en la región.


Con Anne Corpet y Xavier Vilà, corresponsales de RFI en Washington

En política internacional, el primer principio al que obedece Donald Trump es cumplir con sus promesas de campaña y satisfacer a sus electores. Es lo que ocurre sobre todo con el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén. En marzo de 2016, en su discurso ante la AIPAC, el principal grupo de presión judío estadounidense, el candidato a la presidencia aseguró que de ser elegido llevaría a cabo esta mudanza altamente simbólica.

La misma promesa había sido hecha por sus predecesores a la Casa Blanca, pero ninguno la había cumplido. “Ocurre que tenemos a un presidente que dice cosas que no tienen mucho sentido, pero que las aplica”, afirma con amargura Robert Malley, director del International Crisis Group. Pero el exconsejero de Barack Obama en la Casa Blanca lo reconoce: “Políticamente, en el plano interno, es una apuesta ganadora. Esta decisión fue aplaudida por los republicanos, pero también por muchos demócratas. Muchos estadounidenses consideran que Jerusalén es de facto la capital de Israel y no miden la sutileza de las cosas en juego en la región”.

La ley que prevé la mudanza de la embajada fue votada en 1995 con el apoyo de los dos principales partidos estadounidenses. Pero es sobre todo en el partido republicano donde la iniciativa es más popular.

“El conjunto de la política estadounidense es proisraelí desde hace años, por la influencia del lobby de las organizaciones judías, pero también por el peso creciente de los evangelistas. Desde hace unos 30 años, el partido republicano recuperó las ideas religiosas proisraelíes de grupos cristianos sionistas y los ha transformado en plataforma política”, constata Célia Belin, investigadora de las Brookings Institution en Washington. Los protestantes evangelistas hacen una lectura literal de la Biblia y consideran que la tierra de Palestina pertenece al pueblo judío. Es por eso que expresan un apoyo sin reservas al Estado hebreo.

En cuanto a los efectos prácticos, analistas se muestran poco optimistas, como Khaled Elgindy, especialista en el Próximo Oriente de la institución Brookings.

“No se gana nada en términos de seguridad nacional moviendo la embajada. Al contrario, desestabiliza la región y añade un nivel de inestabilidad. Además dificulta negociar la paz”, sostiene.

Una postura compartida por Jeremy Ben-Ami, presidente de J Street, un lobby israelí progresista que opera en Washington.

“Lo que se necesita no son provocaciones como mover la embajada estadounidense a Jerusalén o más derribos de casas. Los retos para Israel van más allá del conflicto, van a la misma naturaleza del Estado”, opina.

La mudanza de este lunes es muy relevante pero por lo pronto simbólica, puesto que los 850 trabajadores de la embajada estadounidense no se trasladarán desde Tel Aviv hasta que la instalación de Jerusalén esté en condiciones de albergarlos.