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Macron y Salvini: el pulso para el futuro de Europa

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Emmanuel Macron y Matteo Salvini, dos visiones de Europa. REUTERS/Montaje RFI

A medida que se acercan las elecciones europeas, dos figuras en el continente van personificando las dos caras de Europa. Emmanuel Macron y Matteo Salvini encarnan las dos ideologías que se están enfrentando en la Unión, en una disputa que se manifiesta sobre todo en el debate sobre la migración.


Exactamente en siete meses, el 23 de mayo 2019, se celebrarán las próximas elecciones europeas, que no sólo van a definir la nueva composición del Parlamento en Bruselas, sino que también establecerán la ideología que perfilará la nueva cara de la Unión Europea. Hay muchos desafíos a los que la Unión tendrá que enfrentarse en estos meses, entre ellos las previsiones de baja afluencia, el auge de la extrema derecha y de los movimientos “anti-establishment”, la crisis de los partidos tradicionales y el aumento del euroescepticismo.

Los últimos sondeos de Eurobarómetro muestran que un 44% de votantes en toda Europa piensan que la UE va en la dirección equivocada, contra un 32% que están contentos con las políticas comunitarias. El enemigo de la Unión es más interno que nunca: según la investigación, Italia, país fundador de la UE, tiene ahora el nivel más bajo de apoyo a la Unión entre todos los Estados miembros.

En este referéndum pro o contra UE que serán las elecciones de mayo, el nuevo gobierno italiano, encarnado por su hombre fuerte, el ministro del Interior Matteo Salvini, es representante de una de las dos visiones que se enfrentarán. La contraparte es la perspectiva globalista que se remite al presidente francés Emmanuel Macron.

Fue Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, que delineó los dos frentes tras haberse reunido con Salvini en Milán el pasado agosto. “Ahora mismo en la UE hay dos bloques: uno liderado por Macron (…) que es el jefe de los partidos que apoyan a la inmigración, y por otra parte estamos nosotros, que queremos frenar la inmigración ilegal. Ésta es la situación actual”, dijo Orbán consagrando la existencia de dos Europas, las que se van a disputar el futuro ideológico de la Unión en mayo próximo.

Esta distinción se hizo a partir del asunto de la migración, tema central de las políticas europeas durante la última década. Orbán, que en 2015 empezó a endurecer las políticas de fronteras húngaras frente a la ola de refugiados sirios que huían de la guerra civil, definió a Salvini como su “héroe y compañero de viaje”, confiriéndole el cargo de líder del discurso anti-migración.

Macron, por su parte, aceptó la terminología de Orbán y se erigió él mismo como “principal oponente” al eje Salvini-Orbán. “No cederé frente a los nacionalistas y a quienes predican discursos de odio. Si han querido ver en mi persona a su principal oponente, tienen razón”, dijo Macron marcando aún más la confrontación entre una Europa nacionalista y una Europa progresista. Sin embargo, el enfrentamiento Salvini-Macron ya había empezado meses antes, cuando en Italia se instaló el nuevo gobierno y el Interior empezó a endurecer sus políticas migratorias.

El 10 de junio Matteo Salvini negó el acceso a los puertos italianos de un barco de la ONG Médicos Sin Fronteras con 629 migrantes a bordo, publicando por primera vez en sus páginas web el hashtag #cerramoslospuertos y empezando una batalla contra las oenegés en el Mediterráneo a través de las redes sociales, el caballo de batalla de sus habilidades políticas.

El mandatario francés calificó de “repugnante, cínicas e irresponsables” las acciones del Interior italiano. Pronto llegó la respuesta de Salvini que, por su parte, llamó a Macron “hipócrita” acusándole de rechazar a los migrantes en la frontera entre Francia e Italia: “Francia debía acoger a 9.816 inmigrantes. Pero lo ha hecho sólo con 640. Así que pido a Macron que pase de las palabras a los hechos y acoja mañana por la mañana a los 9.000 inmigrantes a los que se había comprometido”.

Salvini estaba haciendo referencia a un programa de relocalización de la Comisión Europea, empezado en 2015, para repartir entre todos los Estados miembros a los migrantes solicitantes de asilo que habían llegado a Grecia o a Italia. En este marco, Francia cumplió en total con un 25.5% de su objetivo (5.029 reubicaciones entre las 19.714 esperadas), quedando muy por debajo de otros países europeos. Con respecto a Italia, Francia ha reubicado menos del 10% del propósito original.

La habilidad política de Salvini está precisamente en eso: es capaz de fortalecer una perspectiva, encubriendo totalmente otros elementos que la contradecirían, como en este caso un tema humanitario que le acusaba de hacer política sobre la piel de los migrantes, y señalando con el dedo a otros que no respetan la ley, olvidándose de estar haciendo precisamente lo mismo. A Salvini no le importa si socorrer en mar es una obligación pactada en tratados internacionales, pero en cambio, presta mucha atención a los acuerdos europeos que establecen la repartición de migrantes.

En agosto, pocos días antes del encuentro Salvini-Orbán, el Interior italiano intentó negar que otro barco que había socorrido a migrantes en el Mediterráneo atracara en los puerto del país. Sin embargo, esta vez era un barco de la Marina y Salvini no tenía la autoridad para negar la entrada de un buque militar a los puertos italianos. Rechazó el desembarco de los migrantes y empezó un pulso con Europa para que se repartieran estas personas entre los Estados miembros. Macron se dijo favorable a sancionar aquellos países que no respectan los acuerdos de la Unión, subrayando que la Convención de Dublín, firmada también por Italia, establece que el Estado por el que ingresa una persona es el país que debe gestionar la solicitud de asilo.

Ya durante el verano Roma acusó muchas veces a París de dejar ilegalmente a migrantes en su territorio, lo que provocó unas polémicas que aumentaron la semana pasada, cuando una furgoneta de la Gendarmería francesa fue vista cruzando la frontera en Clavière y abandonando a unos inmigrantes africanos en un bosque. El gobierno francés calificó el episodio de “accidente”, una respuesta que Salvini decidió no aceptar. El fin de semana el ministro xenófobo anunció enviar policías para patrullar la frontera con Francia e impedir que inmigrantes sean devueltos en el territorio italiano.

Aparte de ser otro golpe a las relaciones entre Italia y Francia, el episodio marca unas tensiones siempre más altas en Europa: además de “proteger las fronteras de Schengen de la invasión migratoria”, ahora Salvini marca la necesidad de tener policía en los confines internos del espacio, una confirmación de la fragilidad de las políticas migratorias comunitarias.

En julio, en el medio de una situación caótica para los barcos de las oenegés en el Mediterráneo, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), descartó que hubiera una crisis migratoria y precisó que se trataba más bien de una crisis política. Unas declaraciones que siguen vigentes ahora, a siete meses de las elecciones. El asunto de la migración es el mayor campo de batalla del enfrentamiento ideológico entre las dos Europas, la de Macron y la de Salvini. Y mientras que la popularidad de Macron cae a su nivel más bajo desde que llegara al Eliseo, la de Salvini sigue creciendo.

Cuando Italia celebró las elecciones en marzo pasado, el líder de la Liga obtuvo el 17% de los votos pero, según los sondeos, hoy tendría un 32% de aprobaciones. Su plan de crear una “liga de ligas” en las próximas parlamentarias europeas tiene una base de votantes que sigue fortaleciéndose, mientras Macron parece no conseguir reunir a sus alrededores la oposición frente a este eje.

La autoridad que Macron encarnaba cuando ganó las presidenciales en Francia el año pasado no dio los resultados esperados y el mandatario francés hoy parece la sombra de aquel hombre que propuso revivir el ideal europeo. En cambio, Salvini es el emblema del hombre fuerte que supo expresar el descontento de aquellos grupos sociales que nunca se recuperaron de la crisis económica y que se vieron perjudicados por las políticas europeas, unas medidas que consideraron como una imposición de los Estados más poderosos de la Unión.

Estos movimientos euroescépticos encabezados por Salvini sólo podrán ser contrarrestados si la Unión Europea y sus promovedores saben recuperar un lenguaje que les acerquen a los ciudadanos italianos, y si consiguen presentar las medidas de Bruselas como algo que no es ajeno a su vida cotidiana.