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Monseñor Romero y el papa Pablo VI, nuevos santos de la Iglesia Católica

Por Paula Estañol

El papa Francisco proclamó santo al asesinado arzobispo salvadoreño Óscar Romero, emblema de una iglesia comprometida con los pobres y al papa italiano Pablo VI, el pontífice del diálogo, en una misa de canonización celebrada este domingo en la plaza de San Pedro.
 

"Declaramos y consideramos santos a Pablo VI y a Óscar Arnulfo Romero Galdámez", declaró según la fórmula en latín el papa Francisco, quien canonizó en la misma ceremonia a los religiosos Francisco Spinelli, Vicente Romano, María Catalina Kasper, Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y al laico Nuncio Sulprizio.

En homenaje a ellos, el papa usó como vestimentas litúrgicas durante la ceremonia el cíngulo con sangre que llevaba en la cintura Romero el día de su asesinato, así como la casulla de Pablo VI.

Miles de personas, religiosos y autoridades de los dos continentes asistieron a la solemne proclamación, marcada por el fervor de unos 7.000 salvadoreños, quienes viajaron para la canonización de Romero (1917-1980).

En un ambiente festivo, los salvadoreños cantaban y enarbolaban banderolas con la imagen del religioso, asesinado en 1980 por los escuadrones de la muerte mientras oficiaba misa y quien se convirtió en un ícono mundial de la defensa de los pobres y de la lucha contra la violencia.

Los presidentes de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén; Panamá, Juan Carlos Varela; de Chile, Sebastián Piñera; y de Italia, Sergio Matarella, así como la reina Sofía de España figuraban entre los asistentes.

-Oscar Arnulfo Romero, el santo de los pobres-

Era el 23 de marzo de 1980. Como cada domingo los salvadoreños esperaban la homilía de Oscar Arnulfo Romero, el Arzobispo de San Salvador. Podían ser futuros guerrilleros, campesinos, militares, hasta del mismo gobierno, pero lo cierto es que nadie dejaba pasar las palabras del único que hablaba en un país que había perdido hace rato esa capacidad, a costa de la convulsión política y del terror que sembraban los escuadrones de la muerte, esos grupos de extrema derecha que combatían salvajemente todo lo que les olía al incipiente movimiento guerrillero de El Salvador.

Ese domingo algo cambio. Romero volvió a la carga, pero esta vez no hablaría de desigualdad social, ni pediría el regreso de los desaparecidos. El Arzobispo había decidido ir más lejos y lo que hizo fue un llamado a los militares y policías de su país (miembros de los mismos escuadrones de la muerte) que dejaran de asesinar a sus hermanos campesinos. ‘Les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, cesen la represión’, dijo Romero agregando que les pedía desobedecer las órdenes si estas eran matar alguien. Se trataba, entonces, de un abierto llamado a la desobediencia militar. Un llamado que no dejó indiferente a nadie.

El 24 de marzo de marzo de 1980, es decir, un día después de esa incendiaria homilía, los escuadrones de la muerte asesinan a Romero. Una bala directo al corazón acabó con la vida del Arzobispo, terminando de paso con ese muro de contención que implicaba su figura. No es raro que su muerte haya sido el principio del fin, es decir, una suerte de hito que marca el inicio de la guerra civil en el país centroamericano, un conflicto que se cobró la vida de 80.000 personas.

35 años han transcurrido desde la muerte de Romero. Y ni un solo día de esos años pasó sin que el pueblo salvadoreño dejara de escuchar su voz y venerara su figura, elevada a la de Santo por el fervor popular. La Iglesia se tardó algo más en abrir el proceso de beatificación del Arzobispo de San Salvador.

Lo hizo en 1997, en medio de una intensa polémica acerca del verdadero carácter de venerable de Romero. ‘En el Vaticano comenzaron a haber críticas a la causa’, dice a RFI el historiador Roberto Morozzo, quien colaboró en la redacción de la causa de beatificación de Romero. A eso agrega: ‘El principal problema es que todos no estaban de acuerdo con que Romero era un mártir del evangelio. Algunos decían que Romero era mártir de la política, lo decían los de izquierda y los de derecha. Y es que Romero vivió en un período muy confuso de la historia del Salvador. Tuvo que ser Arzobispo en medio de una situación de gran violencia, eso

Tampoco ayudó que a la cabeza del Vaticano estuviera el Papa Juan Pablo II, un fiero opositor a tendencias como la teología de liberación, con la que muchos relacionaron a Romero, aunque él siempre lo negara diciendo que lo suyo era la ideología del Concilio Vaticano II.

Fue el sucesor de Juan Pablo II, es decir, Benedicto XVI –paradójicamente considerado más conservador que Karol Wojtyla- quien siguió de cerca el proceso como Cardenal y ya en su puesto de Pontífice, un mes antes de renunciar al cargo, desbloqueó la causa.

Claro que hubo que esperar que llegara el Papa Francisco para que la beatificación se acelerara. Dicen los expertos que el declarar venerable a Monseñor Romero es una evidencia del pontificado que quiere Bergoglio, es decir, una doctrina ligada a lo social, poniendo énfasis en los más necesitados.

En relación a la beatificación, el teólogo español Juan José Tamayo llega incluso a decir que esta es una suerte de reivindicación de la teología de la liberación. ‘Esta beatificación’, dice Tamayo, ‘tiene como uno de los efectos más importantes el reconocimiento de la teología de la liberación por parte de Francisco. Una teología de la liberación que los Papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, habían condenado con tonos muy gruesos y con documentos extraordinariamente negativos’.

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