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AMLO, perseverancia y olfato

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El candidato a la presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador, durante el cierre de su campaña. México, 27 de junio de 2018. ®REUTERS/Edgard Garrido

Con más derrotas políticas que victorias, Manuel Andrés López Obrador, AMLO, está a punto de convertirse este domingo en el primer dirigente social que ocupa la presidencia de México. Su triunfo será arrollador, predicen las encuestas. Con un discurso anticorrupción, el líder de Morena derrotará a las élites que gobiernan el país desde la primera mitad del siglo pasado.


Con nuestra enviada especial a México.

Sus seguidores lo apoyan con fervor. Sus detractores le temen. Amlo es “un factor de polarización y, al mismo tiempo, una antorcha de esperanza”, escribió hace cuatro días en su columna de El País el analista Jesús Silva-Herzog Márquez .

Su mayor atributo es el olfato político. El “Peje” - apodo que le tienen los mexicanos en alusión al pez “Pejelagarto” oriundo de su natal Tabasco- ha dado en el clavo en esta contienda electoral. Curtido durante más de tres lustros en los poblados más remotos, en las plaza públicas de todo el país, en su paso por la alcaldía de la capital, López Obrador denuncia sin pudor lo que sus rivales saben pero callan: la corrupción de las mafias en el poder es el origen de los grandes males del país que urge resolver: desigualdad abismal, pobreza extrema, exclusión social de millones de personas, violencia atroz.

Instinto político hizo que en tres meses pasara de candidato rezagado por dos favoritos (Ricardo Anaya del PAN y José Antonio Meade del PRI) a ser el favorito enfrentado a dos rivales que, muy de lejos, se pelan por el segundo lugar. Como afirma el analista Leonardo Curzio, “AMLO hace temblar a las élites, Señores está caducando el sistema", les dice.

El diagnóstico es acertado. La polémica está en el remedio para curar la enfermedad.

Aunque no es un fenómeno nuevo en México, la desfachatez del poder corrupto ha alcanzado unas dimensiones y un grado de visibilidad tal que hoy el país enfrenta, en términos del politólogo Luis Rubio, una “democratización” de la corrupción. Ese cinismo de las élites representadas en el PRI y el PAN, los dos partidos tradicionales, fue transformando el malestar de la población mexicana en un hastió insoportable que AMLO supo canalizar con un discurso que recoge el sentimiento de las grandes mayorías del país (49% de electores, según la última encuesta publicada antes de la veda electoral) apoyado en la credibilidad que le da la honestidad que marca su vida política.

Lo repitió hasta el cansancio durante los tres meses que duró esta campaña electoral: “Hay que acabar con la corrupción”. Lo dijo en cada aparición pública al punto que la consigna se convirtió en un chiste burlón. “Hay que acabar con la corrupción y después solucionamos tu problema”, parodiaron voces surgidas de los círculos de analistas y de la prensa.

Lo que nadie niega, incluidos sus más feroces críticos y adversarios, es que la corrupción sí gangrena a la sociedad mexicana. La polémica está en el remedio que propone el candidato para curar la enfermedad. “AMLO tiene razón, la corrupción es el problema. Lo que no comparto con él es la solución que le quiere dar”, me dijo el suplente del alcalde del PAN en Tijuana, Eduardo Terreros.

Algunos politólogos y especialistas en temas electorales también critican la exitosa narrativa del líder de MORENA por su falta de contenido. “AMLO opone al pueblo bueno contra la corrupción del poder. Pero su propuesta anticorrupción carece de políticas públicas y se basa en atributos personales: el candidato impoluto e incorruptible contra dos candidatos, Meade del PRI y Anaya del PAN, con antecedentes de corrupción”, opina la directora del prestigioso Centro de políticas públicas, México Evalúa, Edna Jaime.

Una crítica legítima que surge de la retórica de AMLO durante las entrevistas y debates de esta campaña en la que optó por atenuar su imagen del líder que asesta dardos implacables contra la clase política. Tal vez movido por una estrategia para no espantar indecisos y cooptar sectores que no le eran tradicionalmente adeptos, remplazó las frases mordaces con las que durante años aguijoneó de manera implacable a sus enemigos por el estribillo de la anticorrupción sin mojarse mucho con propuestas de fondo.

Y solo puso punto final a ese discurso evasivo esta última semana durante su apoteósico cierre de campaña en el estadio Azteca de la capital. Una intervención sobria, inusualmente leída y pedagógica en la que detalló lo que será su programa de gobierno. Pormenorizó las políticas de lo que será, dijo, un gobierno austero y sin privilegios en los que los dineros públicos que hasta ahora se destinan a intereses personales, partidistas y privados pasarán a financiar políticas públicas que sentarán las bases de un Estado democrático e incluyente.

-18 años recorriendo el país-

La inminente victoria del candidato de la izquierda mexicana es testimonio de una perseverancia asombrosa. Ningún político conoce como él a México y a los mexicanos. Manuel López Obrador empezó hace 18 años a viajar a los pueblos más apartados para reunirse con algunas decenas de simpatizantes. Siguió su marcha sin tregua cayéndose más de una vez y volviéndose a levantar.

En varias ocasiones se creyó en su muerte política. En 2006, tras elecciones  en las que denunció el fraude fraguado para su derrota, se pensó que la radicalización de su postura lo llevaría a su fin. En 2012 volvió a intentar la presidencia, pero nuevamente salió vencido, y esta vez por un claro margen de diferencia. Su partido le cerró las puertas y, en lugar de claudicar, se lanzó a la creación de una nueva formación política. Nació MORENA, pocos apostaron en ese momento por el éxito de una nueva facción de la izquierda. Seis años después, esa quimera se perfila como la ganadora de las presidenciales.

Durante estos tres lustros, AMLO ha golpeado de casa en casa y hablado con la gente en un ejercicio infatigable de pedagogía que ha ido calando en las mentalidades de la gente. Y hoy son millones de personas que lo acompañan, incluidos sectores de la clase media que antes lo aborrecían.

Pacto con dios y con el diablo

Si los preceptos democráticos tienen sus límites, las cábalas electorales, en muchas ocasiones, no. Y este, es sin duda, el gran acierto y al mismo tiempo el “talón de Aquiles” de la estrategia electoral llevada a cabo por la coalición “Juntos haremos historia”, que lidera el candidato de izquierda.

Al nombrar como su Jefe de la Oficina de la Presidencia, de ganar la elección, a Alfonso Romo, el líder de los empresarios de Monterrey, AMLO conquistó a los seis estados de la frontera norte de México, bastión tradicional del PRI y el PAN. Esta alianza con un sector del empresariado del norte, la coalición encabezada por MORENA saltó de un 15% en la intención de voto a ser la opción preferida por los electores de esta región determinante a nivel socio económico en el país.

“La alianza de AMLO es con los pequeños y medianos industrias que generan el 90% de la mano de obra del país. Su ruptura es con los grandes monopolios capitalistas que además se reducen a cinco personas y a quienes AMLO ha denunciado con nombres propios”, precisa el analista político del Colegio de la Frontera Norte, Víctor Alejandro Espinoza Valle.

AMLO, por su lado, ha explicado que no va a expropiar, que va a respetar y apoyar la iniciativa privada y que solamente atacará a los corruptos. Sus detractores han aprovechado esta alianza con el empresariado de Monterrey mostrándola como un contubernio con los grandes capitales.

Más encendida fue la polémica que suscitó la alianza de MORENA con el ultraconservador Partido Encuentro Social (PES). La justificación de AMLO sobre la decisión de integrar a su coalición a la formación evangélica, que defiende la familia como el pilar de la sociedad, desató una lluvia de críticas en sus propias huestes. El candidato de la izquierda mexicana aseguró que el país necesita una revolución moral y una suerte de nueva constitución para “fortalecer una convivencia futura sustentada en el amor para alcanzar la verdadera felicidad”.

Así como existe una Constitución política, vamos a elaborar entre todos una Constitución moral, aseguró López Obrador sin detallar en qué consiste la extraña propuesta que hace temblar a laicos y menos laicos.

Mesías o Punta del Iceberg de un monumento social

AMLO es el político más amado y más odiado por los mexicanos. Sus seguidores son mucho más que votantes. Con una lealtad y un fervor inquebrantables lo acompañan en una causa que no negocian: poner fin a un antiguo régimen autoritario y corrupto. Esa lealtad ciudadana a toda prueba combinada con la tozudez y la profunda confianza que él tiene en sí mismo le han ido creando la imagen de una especie de “mesías” que salvará a México. Una imagen que causa alergia en sectores más críticos, incluso si están dispuestos a depositar su voto este domingo para que dirija los destinos del país.

Político audaz y con instinto; AMLO supo combinar en su histórico discurso de cierre de campana la imagen de redentor con la del representante de un movimiento social que se gesta desde hace décadas. Tras citar la revolución de Hidalgo, la Reforma de Juárez y la Revolución de Madero prometió, frente a unos 80 mil fervorosos adeptos, la cuarta trasformación de México definiéndola como profunda, radical (porque será desde la raíz, aclaró) y pacífica. Pero, AMLO se cuidó de ubicarse en el podio que ocupan el padre de la patria, el creador del Estado laico o el mártir de la democracia y prefirió presentarse como el líder que en este momento de la historia protagoniza “una lucha que viene de lejos”. La punta del iceberg de una izquierda a la que rindió homenaje: campesinos, obreros, estudiantes, maestros, ferrocarrileros, pensadores, mártires y defensores de derechos humanos. Una larga lista que citó con nombres propios incluidos aquellos que no conoció y otros que no le apoyan.

Quienes lo detestan le han construido la imagen opuesta a la del líder de la periferia que aglutina las la esperanza de las mayorías ciudadanías. Lo han acusado de polarizar y dividir a la sociedad mexicana, en un país cuya desigualdad es una de las más grandes del mundo. Se le acusa de ser el gran peligro para México, un país que en doce años, durante los gobiernos de Calderón del PAN y Peña Nieto del PRI, acumula la cifra oficial de 234 mil asesinados, 80 homicidios por día, 33 mil desaparecidos (el mayor número de una nación después de Siria que está en guerra), además del alto índice de feminicidios, secuestros y tortura.

Lo cierto es que gane o pierda este domingo, Andrés Manuel López Obrador, AMLO, ya revolucionó a la sociedad mexicana y trasformó las reglas instauradas desde 1929 por el poder priista. Un gran reto se avecina para quien habite Los Pinos a partir del 1 de diciembre.