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La nueva generación estadounidense que no quiere armas

Por RFI

Muchos de los adolescentes que participaron en la concentración de Washington forman parte de una generación que ha crecido bajo la sombra de matanzas en escuelas, desde la de Columbine a la de Sandy Hook. Impactados por la matanza en Parkland, Florida, del mes pasado, han articulado un movimiento para sacudir las conciencias y provocar una reacción popular.

Por Xavier Vilà, corresponsal en Washington.

"Me gusta lo que está haciendo gente de mi edad. Especialmente para parar esto, para ver que también tenemos voces". María Núñez, alumna de la escuela pública Hall en Washington, es parte de esta generación. A sus 16 años, esta joven vivía la marcha con intensidad, afectada también como muchos por el miedo a convertirse en una víctima más.

Junto a los jóvenes, centenas de padres que mostraban su apoyo y comentaban algunas de las propuestas lanzadas por la administración desde que tuvo lugar la tragedia de Parkland, el pasado mes de febrero.

"No, yo creo que esa no es una buena solución. Creo que tiene que haber un mayor control de armas. Porque en realidad creo que no se necesitan ese tipo de armas de alto calibre. Se necesita que los estudiantes en las escuelas tengan mejores oportunidades para superarse", dijo a RFI Sandra Pereira, una madre manifestante, sobre la idea de armar a los profesores.

Esta es una de las propuestas de la Asociación Nacional del Rifle y parcialmente abrazada por el presidente Trump. Como contrarios al control sobre las armas estas voces invocan la segunda enmienda de la constitución, que garantiza el derecho a tener y llevar armas. La enmienda fue escrita hace mas de 200 años en un contexto revolucionario. Pero sus partidarios defienden su vigencia bajo el pretexto de proteger la libertad individual y de defenderse de criminales y delincuentes comunes.

"No es una cuestión de seguridad, es una cuestión política. Su objetivo es eliminar la segunda enmienda. Su solución es restringir vuestra libertad", declaró el presidente de la Asociación Nacional del Riflen, Wayne Lapierre.

Lapierre encabeza una organización que representa a unos 5 millones de asociados que aportan más de 70 millones de dólares anuales de media y que se acompañan de astronómicas aportaciones privadas, lo que les permite influir decisivamente sobre un Congreso reacio a legislar más control de las armas. Ante esto la comunidad educativa afronta en general con escepticismo la idea de armarse para afrontar ataques en las aulas.

"Yo estoy muy en contra de esa propuesta y no conozco a ningún profesor que esté de acuerdo. Lo que me preocupa de eso es el dinero que se requiere para entrenar a las personas para usar las armas", apuntó Anna Lapera, profesora de español en la escuela secundaria Julius West de Rockville, a las afueras de Washington.

Lapera tampoco comparte la idea de la asociación nacional del rifle de vincular el problema del uso de armas en los centros docentes solo con los problemas mentales de los asaltantes. Según la docente esta teoría arrastra una propuesta racista. "Creo que el hecho que la mayoría de personas han sido hombres y hombres blancos, creo que decir que son problemas de salud mental creo que es una manera de no ver el problema de verdad".

Un problema que tiene visos de continuar si consideramos que la industria del armamento fabricó aquí más de 11 millones de armas de fuego para consumo domestico en 2016. Y es que esta industria opaca, liderada por firmas históricas como Remington o Smith & Wesson, se abre nuevos caminos con tácticas como las descritas por Josh Sugarmann, director ejecutivo del centro sobre las políticas violentas: "Los niños no pueden comprar armas, pero sus padres lo pueden hacer por ellos. Hay iniciativas como las de la fundación deportiva nacional que trabaja para reclutar lo que llaman jóvenes embajadores a nivel de escuela primaria para que introduzcan a los niños en la cultura de las armas. Les explican las armas de fuego y les ponderan las ventajas de la actividad con armas."

Las movilizaciones ayudan, pero en última instancia los Estados Unidos afrontan un reto cultural mayúsculo para invertir una realidad sonrojante. La población civil posee casi 300 millones de armas, más de una por persona adulta. Y 7 de cada 10 propietarios de armas consideran esencial mantener su derecho a poseerlas.

Quizá por eso Anna Lapera, la joven profesora, ve difícil un cambio, al menos a corto plazo. "Esta vez sí es un poco diferente, lo siento en las conversaciones en los colegios donde yo trabajo. Pero desafortunadamente con el presidente que tenemos yo no siento que pasara mucho. Los intereses y la influencia son demasiado poderosos."

 

 

 

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