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La identidad, la gran deuda de la dictadura argentina

Por Mariano Melamed

Imagine que usted tiene 40 años y de un día para el otro le cuentan que no es quien cree ser, que sus padres no solamente no son sus padres sino que además fueron cómplices -a sabiendas o no- en un esquema de robos de bebés diseñado por los asesinos de sus verdaderos padres. Imagine que además la Justicia le ordena cambiar de nombre y que el matrimonio que lo crió tiene una condena judicial por usurpación de identidad y va a parar a la cárcel.

La identidad es la otra deuda a cancelar que dejó la dictadura, como una bomba que estuviera preparada para detonar décadas después en las vidas de esos bebés, hoy adultos.

Ya pasaron más de cuatro décadas del golpe militar que instauró en Argentina una sangrienta dictadura que asaltó el poder en 1976 y se quedó por siete interminables años. El terrorismo de Estado dejó decenas de miles de víctimas, entre asesinados, desaparecidos y exiliados, además de sus familiares. Cada 24 de marzo se celebra el Día de la Memoria y una multitudinaria marcha en las calles los recuerda.

Las consecuencias del periodo más oscuro en la historia del país siguen impactando hoy, no sólo en las instituciones del Estado, en la cultura y en la economía, sino en la gente. Sobre todo en los descendientes de aquellas víctimas.

Hilario Bacca había crecido en una pequeña ciudad agrícola del interior, hijo de un arquitecto y una médica. Una tarde cualquiera hace nueve años le sonó el teléfono y así supo que su historia era otra. Su reacción fue huir. Se instaló en un pequeño pueblo con mar, lejos de todo. Su trabajo de ayudante terapéutico lo ayuda a sobrellevar la soledad. Al día de hoy es el único hijo de desaparecidos que decidió rechazar su verdadera identidad.

“Cada historia de cada nieto recuperado, es a mi parecer súper importante que permanezca dentro de una historia única subjetiva y no como si fuera una maquinaria donde se reproduce exactamente del mismo modo el pensamiento, lo que le tiene que pasar al nieto, y mucho menos, la responsabilidad de las familias que nos criaron”, estima Hilario.

En Argentina, por ley, cada persona a quien se restituye su verdadera identidad debe llevar el apellido biológico. Por eso Hilario mantuvo una disputa judicial con Abuelas de Plaza de Mayo, la histórica organización de Derechos Humanos que desde hace décadas busca el paradero de centenares de bebés robados durante la dictadura.

Aníbal Méndez es el hijo de Sara Méndez, tiene 41 años y recuperó su identidad en 2002 luego de una búsqueda de 25 años que motorizó su madre, sobreviviente de un centro clandestino de detención primero en Argentina y luego en Uruguay.

Aníbal es vendedor por cuenta propia y ofrece perfumes y relojes en edificios de oficinas. Antes fue Simón Riquelo, un niño criado por la familia de un policía y él mismo trabajó en una dependencia policial cuando se hizo mayor, acomodado por su apropiador. Un día dejó de ser Simón y dejó la policía.

“Lo entiendo [a Hilario] porque cuando a los 25 años me enteré de mi historia, de que no era hijo natural de la familia que me crió, durante un tiempo tampoco quise cambiarme la identidad. Aceptaba mi historia, desde el primer momento tuve contacto con mi familia biológica, con mi mamá, pero en primera instancia, creía que a los 25 años hacer semejante cambio no era lo que quería. Con el tiempo y madurando el tema decidí que sí, lo justo era que me cambiase la identidad y ponerme el apellido que me correspondía”, explica Aníbal.

Jorge Castro Rubel es uno de los últimos nietos recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo. Recobró su identidad en 2014, cuando ya tenía 37 años, y no tardó mucho en aceptarla. Sin embargo la imagen sobre el matrimonio que lo crió en un respetado hogar de clase media se hizo pedazos en un instante.

Jorge es sociólogo, está casado con una socióloga y tiene un hijo. Se enteró de que había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada, el centro clandestino de detención más emblemático de la dictadura.

En un café de Buenos Aires, Jorge nos explica por qué entiende que la identidad es un organismo vivo que tiene matices: “Yo tomé la decisión de cambiar mi apellido porque es lo que indica la ley pero en el momento en que yo lo hice, significó una conmoción muy grande. (…) Querer conservar el apellido con el que uno vivió no me parece que signifique negar su origen biológico ni reivindicar el hecho de la apropiación en sí misma. Me parece que es una gran victoria haber podido encontrar a Hilario y haber podido restituirle su historia. Me parece que lo fundamental es que la familia haya podido ubicar a ese nieto, que la sociedad haya podido ubicar a ese nieto, y que ese nieto conozca su origen”.

Los hijos y nietos de las víctimas parecen tironeados entre el pasado y el futuro. La posición de Hilario por primera vez cuestiona a sus propios padres biológicos, es decir militantes políticos que en los años 70 tomaron las armas. Su mirada viene a romper el relato dominante hasta ahora: “En el caso de que se pudiera tener una conversación con ellos, plantearía algo de la inconciencia, o del descuido al haber decidido formar una familia y continuar el embarazo en el año 77”.

A finales de los 90 aparecieron en escena los hijos de las víctimas. Las Abuelas de Plaza de Mayo seguían buscando niños robados, sus nietos. Durante la década pasada lograron devolverles identidad a 40 hombres y mujeres que habían nacido entre 1976 y 1980.

Hoy muchos de esos nietos recuperados ya son padres. Sus hijos van creciendo y los bisnietos ya empezaron a marchar, pero sobre todo a comprender una parte de su historia. Para las organizaciones de Derechos Humanos es insoslayable su rol como portadores del relato.

Tatiana Sfiligoy fue ubicada por Abuelas de Plaza de Mayo en 1980 cuando tenía tres años. Fue dejada en un orfanato y antes de ser entregada alcanzó a decir, en su media lengua, que tenía una hermanita y que se quería ir con ella. Un matrimonio de clase media -el ingeniero, ella profesora de francés- las adoptaron a las dos. Y a pesar de haber decidido conservar su nombre adoptivo no reniega del legado de sus padres biológicos.

Para Tatiana Sfiligoy, que es psicóloga y ha sido terapeuta de otros nietos recuperados, el legado para las generaciones siguientes no pasa por entregarles respuestas, sino en transmitirles la necesidad de hacerse las mismas preguntas: “Hay un trabajo nuestro muy consciente de transmisión de la historia, y justamente en estos años lo que sucedió, por lo menos en Argentina, fue que dejó de ser una historia individual para ser una historia colectiva”.

Ser un adulto y cambiar de identidad es un aprendizaje complejo. Nadie enseña cómo enfrentarlo y mucho menos cómo transmitirlo a hijos pequeños, que también deben lidiar con ese cambio en sus propias vidas.

Hilario Bacca no tiene hijos ni cree que los vaya a tener, pero comparte un universo en común con los demás nietos recuperados, y así se refería a las nuevas generaciones de militantes: “Me parece que uno puede tener una memoria selectiva y ver de qué cosas queremos realmente acordarnos todo el tiempo o hacer un duelo que sea un poquito más sano y no tan patológico”.

A finales de abril pasado, poco antes de que la Corte Suprema le permitiera al ex represor Luis Muiña gozar de una reducción de pena al aplicarle el denominado “dos por uno”, la organización Abuelas de Plaza de Mayo anunciaban la aparición del nieto número 122.

El caso de Hilario Bacca muestra que cada nieto recuperado, que cada víctima es un universo y no todos reivindican lo mismo ni se sienten interpelados de la misma manera por la misma tragedia.

La identidad y la memoria no parecen ser objetos inertes, fijados en un expediente para siempre.