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Un chocolate demasiado amargo

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Cacao de Sao Tomé. ©Martin VAN DER BELEN/AFP

Como cada año, París acoge el “Salón del Chocolate”, una cita golosa y festiva en la que decenas de países exponen su saber culinario y sus creaciones. Sin embargo, detrás de este sabroso mercado se esconde la dura realidad de la explotación infantil en las plantaciones de cacao.


Por Annalisa Girardi para RFI

Muchos niños en París están visitado durante estos días el “Salon du Chocolat”, la feria internacional del chocolate y paraíso de los golosos. Artesanos originarios de más de 60 países exponen sus dulces creaciones en el pabellón de Porte de Versalles, presentando altísimas fuentes de chocolate, bombones de chocolate blanco y negro de cualquier forma y dimensiones, golosinas y cremas, hasta ropa hecha con este producto.

La realidad de donde procede el cacao es mucho más amarga. A partir de los 2000, muchos reportajes han revelado casos generalizados de trabajo infantil en las plantaciones de cacao en África occidental, el área de dónde proviene casi la totalidad del chocolate mundial. Sin embargo, numerosos expositores en la feria no tenían idea de las condiciones en que se produce la materia prima con que ellos mismos trabajan.

Varios comerciantes franceses han afirmado no tener conocimiento del trabajo de los niños en las plantaciones de África occidental, aunque mucho del chocolate que vendían procediera exactamente de las zonas acusadas de utilizar mano de obra infantil en sus cultivos. Otros han declarado trabajar con un producto que les llega a través de intermediarios y por lo tanto desconocer el contexto de los cultivos desde que proviene el cacao que ellos compran. Otros han admitido estar al corriente del asunto, pero lo han descrito como un problema más generalizado que tiene que ver con muchas industrias y por lo tanto no se sienten personalmente implicados.

Sin embargo, cuando esos productores acusados de utilizar mano de obra infantil exportan casi la totalidad del cacao vendida en los supermercados del mundo entero, la cuestión nos concierne a todos. Según el Foro Internacional para los Derechos Laborales (ILRF), el 70% del cacao en el mercado internacional procede de Costa de Marfil y Ghana. Costa de Marfil, que en los años 1980 se convirtió en el primer productor mundial, tiene sólo por su cuenta más del 40% de la entera producción global. Esta producción termina en los mercados de Europa y Estados Unidos, que juntos registran el 80% de las importaciones.

En 1998, UNICEF denunció que muchos niños fueron utilizados como mano de obra en las plantaciones de cacao en Costa de Marfil. Los cultivos habían generado una trata de niños, a menudo procedentes de los países lindantes, que venían esclavizados para trabajar en los campos marfileños. En 2000 un documental de la cadena británica BBC llamado “Slavery: a Global Investigation” mostró al mundo entero la existencia de estos niños esclavos.

Además de ser un trabajo físicamente muy duro, en que los niños de apenas 11 o 13 años tienen que transportar cargas muy pesadas, los días laborales son especialmente largos y muchos niños son mantenidos cautivos durante la noche de manera que no escapen. Muchos de los rescatados contaron haber sufrido a menudo golpizas en los campos. Asimismo los menores parten las vainas de cacao con machetes y son expuestos a productos químicos que perjudican a su salud.

La esclavitud infantil en las plantaciones

En 2010 “The Dark Side of Chocolate”, el documental del periodista danés Miki Mistrati, reveló la trata de niños traslados ilegalmente desde Mali, uno de los países más pobres del mundo, hacia los cultivos marfileños. Muchos de estos niños fueron secuestrados por unos traficantes que luego los vendieron como esclavos a los productores de cacao, pero hubo también muchas familias que para sobrevivir fueron obligadas a enviar sus hijos a Costa de Marfil para que trabajaran en las plantaciones. Las autoridades malienses estiman que en 2001 había más de 15.000 niños trabajadores en Costa de Marfil, vendidos por pocos dólares a los cultivadores. También muchos niños de los pueblos más pobres de Burkina Faso, Ghana y Togo fueron traficados y vendidos a los productores marfileños.

En 2001 la industria del chocolate de Estados Unidos, gracias a los esfuerzos del congresista Eliot Engel y del senador Tom Harkin, publicó un protocolo, el Harkin-Engel Protocol, que tenía como objetivo acabar con las peores formas de trabajo infantil en las plantaciones de cacao de África occidental para el 2005. El protocolo fue firmado por la Chocolate Manufacturer Association y por la World Cocoa Fundation. También fue aprobado por el Gobierno marfileño y varias organizaciones que luchan para los derechos de los niños, las condiciones laborales y para eliminar la esclavitud.

Además se fundó un organismo, el International Cocoa Initiative (ICI), que trabaja especificadamente en las comunidades productoras de cacao para asegurarse que se garantice la educación a los niños de manera que no acaben trabajando en los cultivos.

Sin embargo, el protocolo ha sido objeto de muchas críticas, primero por no ser vinculante. En la industria sigue faltando trasparencia, lo que hace casi imposible asegurar que no haya ninguna forma de trabajo infantil implicada en un determinado cultivo. Además el protocolo ha sido acusado de no empujar medidas suficientemente concretas para acabar de manera efectiva con el trabajo infantil. De hecho, el fenómeno está aumentando.

Un estudio de la Universidad de Tulane, financiado por el Departamento de Trabajo estadounidense, llegó a la conclusión de que durante el periodo entre 2013 y 2014 el número de niños trabajadores en los cultivos marfileños aumentó del 51%, llegando a 1,4 millón, con respecto a las cifras de 2008-2009. Además, resultó que el número de los niños en condiciones de esclavitud también había aumentado de un 10%, llegando a 1,1 millón.

El verdadero precio del chocolate

¿Cuánto trabajo infantil hay entonces hoy en una tabla de chocolate? Según un informe de 2018 de Cocoa Barometer, redactado por 15 organizaciones sin ánimo de lucro europeas, hay 2,1 millones de niños que trabajan en los cultivos de cacaos en África occidental. El documento afirma que los esfuerzos de la industria del chocolate para acabar con el trabajo infantil han tenido escasas repercusiones y siguen muy lejos de alcanzar el objetivo final. El problema principal es que no se está mirando las raíces del asunto. Las soluciones sugeridas hasta ahora no tienen en cuenta del origen del trabajo infantil que está más bien en la ausencia de políticas económicas sostenibles o, más simplemente, en la pobreza.

Pese a que el negocio del chocolate sigue creciendo, la casi totalidad de los productores viven en condiciones de extrema pobreza. Los ingresos millonarios de la industria del chocolate no consiguen garantizar los derechos laborales de cada pieza en su cadena. Abby McGill, directora de la campaña contra el trabajo infantil del ILRF, estima que los cultivadores reciben sólo una parte muy pequeña de la ganancia final procedente de los productos del chocolate, viviendo por debajo de lo que se considera un “ingreso vital”.

Según el Cocoa Barometer, los cultivadores reciben sólo un 6-7% del precio final de un producto de chocolate, una cifra que les deja vivir en condiciones de miseria. Asimismo una investigación de Fairtrade International afirma que el ingreso diario medio de un cultivador de cacao marfileño es de 0,78 dólares americanos, mientras que el mínimo para la sobrevivencia en el país sería de 2,51 dólares cada día.

No es simplemente un problema de derechos humanos, sino que se trata de un problema económico extendido. Los productores de cacao se ven obligados a utilizar mano de obra infantil porque no se pueden permitir de contractar a un empleado adulto regularmente salariado. Es difícil pensar de combatir la injusticia del trabajo infantil sin aumentar el poder adquisitivo de los agricultores.

El equipo de Faitrade Francia estaba presente en la feria y ha explicado a RFI en español su proyecto equitativo, la estrategia a largo plazo que va más allá de los controles y de las leyes que prohíben el trabajo infantil. “A través del comercio equitativo ponemos el enfoque sobre la remuneración de los productores. Lo que creemos es que es imposible de arreglar el asunto del trabajo infantil si los productores no tienen bastantes recursos económicos para sobrevivir, porque es ésta condición la que empuja a muchos productores a buscar alternativas, como la de obligar los niños a trabajar”, precisó Nicolas Dutois, responsable de los mercados para Fairtrade.

Afortunadamente, hay varias empresas en el mercado del chocolate que se están sumando al comercio equitativo. Por ejemplo, la estadounidense Guittard Chocolate Company, fundada hace más de un siglo por unos inmigrantes franceses en San Francisco, considera el contacto directo con los cultivadores y el mercado sostenible una manera de solucionar el problema. “Trabajamos con los cultivadores y nos aseguramos que hayan las mejores condiciones laborales y que su trabajo sea justamente remunerado”, ha contado el chocolatero Régis Bouet.

Es necesario un cambio estructural dentro del negocio del cacao. La cuestión fundamental es que los precios son simplemente demasiado bajos: Pascal Affi N’Guessan, primer ministro de Costa de Marfil entre 2000 y 2003, dijo que los precios tendrían que crecer 10 veces para asegurar a los productores una buena calidad de vida y consecuentemente dignas condiciones de trabajo para sus empleados. Aunque los precios generales estén subiendo, no son los agricultores los que logran un beneficio de este aumento. Fijar unos precios mínimos de la materia prima podría garantizar mejores condiciones de trabajo para los cultivadores de manera que no recurran a la mano de obra infantil: unas políticas económicas más equitativas desafiarían el círculo vicioso de pobreza y del trabajo infantil en sus fundamentos.

Sin embargo, hay muchas etapas e intermediarios en la cadena del mercado del chocolate, lo que hace más difícil dar una respuesta conjunta al problema. Además los varios grupos implicados se han acusado recíprocamente, buscando excusas: los traficantes que llevan los niños a las plantaciones afirman nunca haber vendido esclavos, los agricultores culpan al mercado global por los precios demasiado bajos, los proveedores del cacao estiman que simplemente se ocupan de un trámite, las empresas del chocolate declaran que es responsabilidad del proveedor suministrar un producto que no proceda de trabajo infantil, y por último los consumidores niegan tener conocimiento de que hay violaciones de los derechos de los niños detrás de una tableta de chocolate.